Es justamente el momento para iniciar parte de este capítulo donde debo colocar una descripción prosada de lo que es una primavera naranjalera.
Ya cuando el aire fresco cubre tus paisajes, cuando el cielo lanza sus copos blancos y ligeros, ¿Cómo naces tan llena de alegría? Es tu faz como un naciente nenúfar orlado de un nácar especial de ese que Dios ha creado para tus hermosos ensueños primaverales.
Es tu paisaje como el fresco aire que sopla en los amaneceres playeros, vuelan los pájaros de rama en rama y con árboles con sus visitas empiezan a mecerse.
Ya comienza la algarabía, se observan las verdes y lozanas montañas abrir sus copas al mundanal ruido; y como un poemario de amores, cantan trinos los pajarillos, las palmeras tienen fiestas, al sur de la comarca todo un platanar albergador de chillidos, el chasquido de los animales rumbo al arroyo a nutrir sus estómagos de hierva verde y agua fresca.
Ya las abejas han despertado la alegría en los jardines; y todo húmedo, las hojas con su perpetuo color que sería difícil descubrir aquel verde claro–oscuro, el verde de la Loma Redonda, aquella isla de color.
El aire del Naranjal es agradable y se haya nutrido por esas sustancias y el néctar de esas flores que de costumbre, por amor a la tradición cubren las tierras de este terruño.
¡Que lindo ver sus bosques y montañas tan lanosas, instalando en la pradera, aquel olor a hojas, a flores y recuerdos tradicionales!.
Es pintoresca mi tierra, sus habitantes son gentes humildes, trabajadores que han buscado en las cimas de las montañas el mejoramiento de sus vidas con la siembra de guandules, maní, etc.
La mujer naranjalera desde su fundación se ha caracterizado por su espíritu trabajador, creador y luchador de las faenas que cubren los hogares buscando caminos, creando huellas, aquellas huellas que ahora tienen y llevan en sus hombros, nuestras ninfas trabajadoras.
¿Cuál sería su meta al salir con su machete en la mano, su rodillera al hombro, para internarse en el monte para buscar que quemar en el fogón de su cocina?
Es indomable el deseo de mejorar su condición de vida.
¡Qué bellas se observan en los matinales horas!. con su azada o su lata en el cuadril salir para las norias que como alegres fontanas saturan la tierra de agua trajinando en sus veredas aromas de agradables efusiones y recuerdos. Todo ese trabajo se hacía confundir con el ruido que nuestra nutrida naturaleza expande por toda la orografía de terruño ya los pájaros y el viento, junto la sinfónica voz del sapo orlan la sepultura del sol, el óptimo hombre trabajador, labrador, panadero, carpintero, etc. oscila su figura hacia el camino que lo llevará a su lar querido, donde lo espera el agua tibia y el café a orilla del fogón y uno que otro chillido de platos y cucharas, el humo como un colaborador secando la carne que no faltaba en los rincones de la cocina naranjalera atada mayormente a un palo fuerte; el calabazo en su lado esperando que surjan del aire sus movimientos para no pararse de bailar con su traje marrón y su collar de guano seco.
No puedo dejar de mencionar el héroe principal de la cocina nuestra aquella reliquia heredada de nuestros ancestros del maíz, maní y el café, tiene su estructura tal cual guayacán macizo y seco son sus funciones y servicios los enaltecedores de la hacendosa mujer naranjalera; es el pilón, ese estuche perfumador de los detalles más frágiles de la mujer campesina dominicana.
Los individuos hacen en las sociedades numerosos oficios y ejercicios, quizás por obligación o diversión y si no ambas para ayudar el estrés, porque donde nace lo cultural de una comunidad es en sus gentes, costumbres, haceres y en ese hacer nacen los cantos campestres de salves y plenas que desarrollaron en la recolección de cosechas a través de los convites, éstos que engalanan las faenas del campesino dominicano, ya en estos tiempos esa forma de trabajo ha desaparecido en el paraje pero estuvo intacto a mediado de todo este siglo; cuentan los antecesores que ningún agricultor hacía sus cosechas sin convites y que una parte primordial de ese acto de trabajo fueron los sombreros hechos de cana y cabuya, y un derroche de comida, café, arroz con leche y tabaco, que donde José Santana y Pelegra Peguera cuando ya el convite terminaba bajaban a la casa a comer arroz con leche que ligado con plenas y salves conuqueras de seguro sabía a entusiasmo y valentía mancomunada. He aquí Coplas que se usaba cantar en los años de 1920:
Lucero de la mañana.
Claridad de todo el día
Porqué no me recordaste
Cuando pasó el alma mía.
Eres luna porque alumbra.
Eres sol porque venera.
Y eres cadena de amor.
Que me tienes prisionero.
En tu puerta sembré un pino
y en tu ventana una palma
Como quiere que te olvide,
Si me tiene presa el alma.


1 comentarios:
Dios mio, que bella tierra, asi es que se le canta a un terruño que se ama de vardad.
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