Unas Palabras
San José de Ocoa es hoy uno de los lugares de República Dominicana con mayor cantidad de escritores, si nos atenemos al número de habitantes y a su tamaño geográfico; así como al escaso tiempo que tiene organizada como estructura comunal.
Debemos anotar que fue Pedro Santana quien convirtió en común en 1859, hace a penas unos ciento cuarenta años.
Para darle solidez a esta afirmación, basta pensar solo en algunos nombres de escritores ocoeños de nacimiento y de convicción; los poetas: Juan Bautista Castillo y Emilio Mesa; los narradores Ramón Tejeda, Víctor Martínez, Viriato Sensión, y William Mejía, premios nacionales de novelas, estos dos últimos; los dramaturgos José Peña y Franklin Mejía; los investigadores Alexis Read y Pascual Casado y los ensayistas y los ensayistas y compiladores Ramón Báez y Darío Tejeda.
Esto sin mencionar una caterva de escritores jóvenes, y ya no tan jóvenes, que hacen su labor en silencio, en su pueblo o en cualquier punto del mundo.
Uno de esos valores ocoeños, valores silenciosos que por timidez o por falta de tiempo no había publicado todavía, es Fanny Santana, Maricrí, naranjalera que vive las tradiciones de su tierra hasta el punto de brotar en su alma este trabajo.
Ella nos viene con un trabajo sin muchas pretensiones literarias: ´¨Memorias de El Naranjal es un pequeño ensayo que nos presenta las cosas de su lar nativo.
Suponemos que Santana no ha tenido otra idea que hacernos vivir sus vivencias y las vivencias de los ancianos que la rodean: sus costumbres, sus creencias, sus avatares y hasta sus leyendas, pero, ¿ qué más puede querer contarnos un escritor?
No me sorprende, bajo ninguna circunstancia, que ya se vaya a conocer el primer libro de esta autora; pues sabíamos de ella desde hace algo más de dos decenios. La conocimos allá, por los años ochenta, cuando apenas una niña, y estamos convencidos que estuvimos entre los primeros localizadores de su talento. No bastó haber visto dos o tres poemas suyos, y le dijimos de inmediato: Tú serás una escritora si perseveras.
Aquella vez quedamos sorprendidos por el poder de las imágenes de ´´esa muchachita. Y confirmamos ahora la intuición de hace veinte años.
Trozos que aparecen en su libro nos prueban esta aseveración. Veamos el siguiente:
´´!oh, naturaleza mía que hermosa eres, modificadora de la brisa más rica de toda una primavera de ensueños; de musgos, de ruiseñores, de palomas y de palmeras! ´´
Es la expresión de un poeta narrativo, que sabe aprisionar la imagen y devolvérnosla convertida en palabras y formas. Y esta otra:
´´ transcurrían así los días, las horas y las hojas desvaídas por la prontitud del mismo tiempo, que pasa y pasa, pero en cada atardecer, en cada nueva aurora, deja huellas que son imborrables, como las cicatrices que en la roca estampa el agua.´´
Es un precioso símil, propio de los grandes narradores, compenetrados con la tierra, con la lluvia y con el sol.
De esta misma catadura, pongámosle atención a este fragmento:´´ comienza la algarabía; se observa la verde montaña abrir sus copas al mundanal ruido, y como un poemario de amores, la mañana revienta en trinos, y las palmeras se han puesto en fiesta.´´
Esta prosopopeya no puede salir de la pluma de cualquiera que quiera escribir, si no de aquel espíritu que está castigado por la inspiración; que se ve aguijoneado a cada instante para hacer brotar de sus adentros todo eso que lucha para salir convertido en belleza.
Por eso nos atrevemos a decir que este trabajo de Fanny Santana solamente es el anuncio de la gran narradora que habrá de llegar, de una buena novelista que debemos gastarnos los ocoeños, que tan escasos hemos sido en nombres femeninos que se destaquen en la literatura, teniendo como tenemos tantas estudiantes y profesoras que se han quedado solamente en su pequeño diario o en unos cuantos poemas garabateados en sus mascotas ¡Anímense mujeres ocoeñas!
Vale destacar también que MEMORIAS DE EL NARANJAL es un buen esfuerzo investigativo y metodológico. Sus datos y conclusiones no podrían servir sólo para la recreación de los naranjaleros, sino que pueden ser usados como fuente de consulta para conocer los usos de los sueños de una comunidad ocoeña que es como decir campesino ocoeño, o sureño en general; porque, en esta región, los caracteres se reiteran con pequeñas variaciones de uno a otro lugar.
La indagatoria sobre el origen de los toponímicos es interesante; como lo es también la historia geográfica de la comunidad, sus primeros apellidos; la evolución de la microeconomía y su hacer cultural antológico, con la reseña de cada uno de los aspectos, incluido el religioso y la escolaridad; así como la irrupción de las instituciones sociales que le dan un nuevo impulso en la vida comunitaria.
Leer este trabajo significa conocer un poco la vida ocoeña o sureña, de ayer y de hoy, pues hay que recordar, como si fuera un mandato sin discusión, que ´´las historias particulares de cada comarca ayudan a entender mejor la historia general de la nación dominicana.´´
William Mejía
San José de Ocoa es hoy uno de los lugares de República Dominicana con mayor cantidad de escritores, si nos atenemos al número de habitantes y a su tamaño geográfico; así como al escaso tiempo que tiene organizada como estructura comunal.
Debemos anotar que fue Pedro Santana quien convirtió en común en 1859, hace a penas unos ciento cuarenta años.
Para darle solidez a esta afirmación, basta pensar solo en algunos nombres de escritores ocoeños de nacimiento y de convicción; los poetas: Juan Bautista Castillo y Emilio Mesa; los narradores Ramón Tejeda, Víctor Martínez, Viriato Sensión, y William Mejía, premios nacionales de novelas, estos dos últimos; los dramaturgos José Peña y Franklin Mejía; los investigadores Alexis Read y Pascual Casado y los ensayistas y los ensayistas y compiladores Ramón Báez y Darío Tejeda.
Esto sin mencionar una caterva de escritores jóvenes, y ya no tan jóvenes, que hacen su labor en silencio, en su pueblo o en cualquier punto del mundo.
Uno de esos valores ocoeños, valores silenciosos que por timidez o por falta de tiempo no había publicado todavía, es Fanny Santana, Maricrí, naranjalera que vive las tradiciones de su tierra hasta el punto de brotar en su alma este trabajo.
Ella nos viene con un trabajo sin muchas pretensiones literarias: ´¨Memorias de El Naranjal es un pequeño ensayo que nos presenta las cosas de su lar nativo.
Suponemos que Santana no ha tenido otra idea que hacernos vivir sus vivencias y las vivencias de los ancianos que la rodean: sus costumbres, sus creencias, sus avatares y hasta sus leyendas, pero, ¿ qué más puede querer contarnos un escritor?
No me sorprende, bajo ninguna circunstancia, que ya se vaya a conocer el primer libro de esta autora; pues sabíamos de ella desde hace algo más de dos decenios. La conocimos allá, por los años ochenta, cuando apenas una niña, y estamos convencidos que estuvimos entre los primeros localizadores de su talento. No bastó haber visto dos o tres poemas suyos, y le dijimos de inmediato: Tú serás una escritora si perseveras.
Aquella vez quedamos sorprendidos por el poder de las imágenes de ´´esa muchachita. Y confirmamos ahora la intuición de hace veinte años.
Trozos que aparecen en su libro nos prueban esta aseveración. Veamos el siguiente:
´´!oh, naturaleza mía que hermosa eres, modificadora de la brisa más rica de toda una primavera de ensueños; de musgos, de ruiseñores, de palomas y de palmeras! ´´
Es la expresión de un poeta narrativo, que sabe aprisionar la imagen y devolvérnosla convertida en palabras y formas. Y esta otra:
´´ transcurrían así los días, las horas y las hojas desvaídas por la prontitud del mismo tiempo, que pasa y pasa, pero en cada atardecer, en cada nueva aurora, deja huellas que son imborrables, como las cicatrices que en la roca estampa el agua.´´
Es un precioso símil, propio de los grandes narradores, compenetrados con la tierra, con la lluvia y con el sol.
De esta misma catadura, pongámosle atención a este fragmento:´´ comienza la algarabía; se observa la verde montaña abrir sus copas al mundanal ruido, y como un poemario de amores, la mañana revienta en trinos, y las palmeras se han puesto en fiesta.´´
Esta prosopopeya no puede salir de la pluma de cualquiera que quiera escribir, si no de aquel espíritu que está castigado por la inspiración; que se ve aguijoneado a cada instante para hacer brotar de sus adentros todo eso que lucha para salir convertido en belleza.
Por eso nos atrevemos a decir que este trabajo de Fanny Santana solamente es el anuncio de la gran narradora que habrá de llegar, de una buena novelista que debemos gastarnos los ocoeños, que tan escasos hemos sido en nombres femeninos que se destaquen en la literatura, teniendo como tenemos tantas estudiantes y profesoras que se han quedado solamente en su pequeño diario o en unos cuantos poemas garabateados en sus mascotas ¡Anímense mujeres ocoeñas!
Vale destacar también que MEMORIAS DE EL NARANJAL es un buen esfuerzo investigativo y metodológico. Sus datos y conclusiones no podrían servir sólo para la recreación de los naranjaleros, sino que pueden ser usados como fuente de consulta para conocer los usos de los sueños de una comunidad ocoeña que es como decir campesino ocoeño, o sureño en general; porque, en esta región, los caracteres se reiteran con pequeñas variaciones de uno a otro lugar.
La indagatoria sobre el origen de los toponímicos es interesante; como lo es también la historia geográfica de la comunidad, sus primeros apellidos; la evolución de la microeconomía y su hacer cultural antológico, con la reseña de cada uno de los aspectos, incluido el religioso y la escolaridad; así como la irrupción de las instituciones sociales que le dan un nuevo impulso en la vida comunitaria.
Leer este trabajo significa conocer un poco la vida ocoeña o sureña, de ayer y de hoy, pues hay que recordar, como si fuera un mandato sin discusión, que ´´las historias particulares de cada comarca ayudan a entender mejor la historia general de la nación dominicana.´´
William Mejía


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