Capítulo III: Aspecto Socioeconómico y base del desarrollo de producción de 1890ª 1999.
Toda la vida el vocablo que refiere el naranjalero como todo campesino dominicano para señalar el lugar que alberga junto a su familia es bohío, vocablo indígena que significa construcciones rústicas hechas de tablas de palma o de madera de cigua, de roble, de pino, o de otras y techadas de yaguas o de cana, a veces también los setos son de este material. Así este bohío se dividía en dos compartimentos: uno de ellos hace las veces de sala y allí se recibe la visita, y el otro de aposento, habitación destinada a descansar durante la noche.
Así como describe parte del bohío campesino dominicano, Rodríguez Demorizi, en su obra Lengua y Folklore de Santo Domingo, Asimismo fueron los bohíos de nuestras primeras aldeas, aunque en estos lugares también techaban con hierba de guinea, es sabido también que nuestras primeras aldeas tuvieron desde el pasado siglo casas, que en esa época eran las residencias de las personas más acomodadas, generalmente dueños de fincas, potreros, estas casas a modo de las que existían en los centros urbanos, ya eran techadas con zinc y algunas de cana, y eran bastante amplias con espaciosos patios y recuerdan nuestros antepasados que también las cocinas eran de dos aguas grandes, apisonadas las que se dividían en dos: uno para el fogón y otro como despensa para guardar ajuares.
También las viviendas que albergaron nuestros primeros pobladores tenían pisos de tablas, maderas que preparaban aquí en este lugar algunas personas encontrándose en la Oficialía Civil el valioso dato de que El Naranjal era el domicilio de Juanico Sanjuanero Luciano ( 1883) oficio acerrador nacional, según las entrevistas éste habitaba la última casa de Cañada Abajo próxima al arroyo.
En la comunidad aún existen casas que fueron propiedad de dueños de fincas como es la de José María Santana casi frente a la Iglesia de la Comunidad, estas viviendas construidas con maderas fuertes y en abundancia son bastante espaciosas y altas, de dos aguas, techadas de zinc y con pisos de cementos y grandes aceras, en la parte frontal superior varias puertas de dos hojas con aldabas de hierro y otras con retrancas atadas por un tornillo; estas casas en el paraje eran características de viviendas de hacendados agricultores, ganaderos; las viviendas que existían en este modelo en el pasado siglo fueron: en el Rodadero Isidro Rodríguez y la familia Velázquez,Tomacito Rodríguez, Los Abreu; en la Sata Cosme Rodríguez y Emilio Casado y, en Cañada Abajo Silvano Santana, Vicente Santana, además de Antonio Pimentel, Trajano Pinales, José Altagracia Santana, Andrés Rodríguez, Francisco Mejía Moreta, entre otros que no siguieron el modelo, pero construyeron sus viviendas con las preciosas maderas del paraje con amplitud indescriptible.
Siempre acompañó a las maderas de todas la viviendas naranjaleras el caliche y la cal fabricados y extraídos de la Loma Redonda, ¡cuántos se ha hoyado y quizás en las huellas de nuestros antepasados brilló el verde de esta montaña!,¡ madre de la naturaleza del paisaje, es posible que en el “horno” como solían llamarle al lugar donde quemaban la cal!, quedara impregna una lágrima, un suspiro de cansancio y una gota salada de su frente o el frío aire que sopla en la falda de ésta, haya expandido por todo el panorama un quejido de satisfacción, ¡Oh naturaleza naranjalera que rica eres, mundificadora de la brisa más rica de toda una primavera de ensueños, de musgos, de ruiseñores, de palomas y palmeras!.
Ya para mediado de este siglo el aspecto de las viviendas ha ido evolucionando, pues según el censo comunal Julio-Agosto 1997 realizado por estudiantes de la Universidad Federico Henríquez y Carvajal.
En la comunidad habían 254 casas y de este total hay 218 techadas de zinc y sólo 22 con techo de cana, que fue lo que caracterizó nuestros primeros bohíos, pues El Naranjal es productor de cana, aquí se dan cita centenares de canas, en cada pedazo de tierra se puede observar aunque sea un solo árbol de esto.
Actualmente la mayor parte de las viviendas del Paraje están construidas de madera, probablemente de tablas de palma y pino, del total de viviendas sólo existen 29 construidas en block y de éstas tienen techo de cemento dos, lo que consta que en esta comunidad se conserva el modelo de construcción de principio de siglo y del pasado también.
En el aspecto espacio nuestras viviendas poseen características variadas, pues el número de familias ha reducido con respecto al pasado siglo y mediado de este y podemos constatar que de las casas construidas son menos espaciosas que anteriormente diciendo que: existen 78 casas con 1 aposento, 109 casas con 2 aposentos, 53 casas de 3 ó más. A través de estas cifras se puede observar que también el nivel sociocultural nuestro no es muy avanzado.
Una razón convincente del porqué las casas de la comunidad están construidas con tablas de palma es que ésta como otras comunidades rurales del municipio carecen de buenas carreteras para el acceso de materiales de construcción, aunque actualmente la carretera principal está en condiciones mejoradas en los últimos 10 años, pero hay que hacer constar que la mayoría de estas casas de tablas de palma datan del año 1930 y 1935 y existen algunas viviendas de los primeros años de este siglo y hasta del pasado, pues algunas viviendas además de ser cómodas tenían aljibes para almacenar agua, de éstas actualmente quedan en los solares dos viejos aljibes uno en Cañada Abajo y el otro en el medio de la entrada de Ceita y cañada Abajo.
En el medio del concepto descriptivo de lo bello, de lo importante de esta región no puedo dejar de enfocar la cocina naranjalera grande, de horconadura excesiva, techadas de yaguas, hierbas de guineos o de canas con fogones siempre y una que otra hendija para que salga el permanente humo de su hoguera.
Esta forma de hacer del hombre dominicano, es lo que ha permitido que la historia se afiance tal como es, pues el hombre desde los tiempos más remotos ha hecho trabajos que los caracterizan tal como son, con la identidad que predomina en cada ser humano. Es esta la razón la cual a los pueblos se le conoce su Cultura y su Desarrollo.
Dentro de la población de finales de siglo existían otras diferentes de las comunes que son:
Agricultura, Ganadería; comercio, labrador, maderero, además de éstas la gente vivía de oficios como: costura, panadería, zapatería, carpintería, entre otros.
Si pudiera dibujar en el aire el son entusiasmado que tomaba Oliva Santana (fallecida) cuando le preguntaba sobre aquellos años de su juventud y de sus oficios recordaba que todos nuestros pobladores vivían de la agricultura, tradición de las zonas rurales dominicanas, pues a cada familia le correspondían grandes cantidades de terrenos, los cuales separaban con muros y empalizadas.
Nuestras hacendosas mujeres además de los quehaceres domésticos que eran varios, ejercían de costureras en su tiempo libre, que eran las encargadas de cocer las vestimentas de los pobladores y de hacer sabanas, hamacas y otros, a mano y a máquina, ropas que hacían con telas llamadas tela tora, buena tuta, el piqué, pero que la más común era la que construían su ropa interior, las sábanas, cortinas y aquello que en las frescas noches albergaba sus cuerpos (las hamacas), esta tela que no sólo servía para lo mencionado anteriormente sino que era la que disfrutaba del aroma del pan fabricado en nuestros hornos “La Tela de Macario”.
Ya los años han revolucionado y las formas de hacer y sentir del naranjalero es diferente en varios aspectos.
Es común que todavía la mayor población vive de la agricultura.
La economía local conoció otros componentes como la fabricación de aparejos, sogas que fueron oficios que le asignaron al paraje identidad cultural excelente; a finales del pasado siglo ya el comercio de la madera era muy pobre, pues los aserraderos habían desaparecido, lo que consta que la agricultura alcanzó mayor apogeo igual que la ganadería y otros, pues ya la gente se dedicaba a otros oficios.
Uno de éstos fue la construcción de aparejos, que se desarrolló desde principios de este siglo. Dos familias Mariano Castillo (fallecido) y Tomás Pérez con sus proles y esta es la razón por la cual es uno de los oficios de los que viven esas familias, siendo esta comunidad la más famosa en este género del quehacer naranjalero, estando en el primer lugar de Ocoa como perfeccionador de este objeto, pues es esta comunidad la que nutre a todas las demás comunidades del municipio, inclusive entran de otros pueblos a hacerse de un buen objeto de vestimenta para los animales
Otros oficios a los que se dedicaron las mujeres del paraje fue la fábrica de pan; la quema de pan fue práctica de los naranjaleros a mediados del siglo, existiendo en la comunidad tres hornos destinados a producir pan bueno y fresco para toda la familia.
Decía Pancho Mejía (Moreta) que el horno de Ramonita Castillo, fue el primero instalado en la comunidad, y que esta suntuosa mujer, veía cada aurora, y cada cantar de gallo, que era una de las mujeres más acariciada por los amaneceres naranjaleros, pues montaba en burro y salía a cada uno de los poblados a regar pan, caliente, fresco y oloroso como ese que tiene nuestro municipio en las más altas categorías de construcción de pan.
Sus hijos son muestra de valentía y del incansable deseo de trabajo que poseían nuestras mujeres.
Según indagaciones nuestra tierra paría mujeres que trabajaban como hombres con azadas, machetes y otros; que junto a Ramonita Castillo también habían otras como Pelegrina Peguero, Lucía Calderón, Augusta Castillo, Juliana Melo, Bilinde Santana; en la primera década de este siglo cabe distinguir a una señora de origen banilejo María Nicolasa, madre que fuera de José Eugenio Mejía, esposo de Dolores Arias (Niní), quienes eran dueños de la Cruz de Mamá Dolores. Mamá Dolores ejercía el oficio de hacedora de macutos, esterillas, jáquimas, cerones, escobas.
Cuenta Pascual Casado que cuando él era niño siempre se encontraba por el camino que iba o venía del pueblo a pie con quinielas y billetes a Virica Velásquez o a Fabiola Castillo en su burro con sus árganas de lado y lado lleno de flores para vender en la puerta del cementerio en días de los fieles difuntos.
En las décadas de los años 20 de este siglo se recuerda a Carlota Santana, que hacia pellón, bordaba paños, manteles, sábanas, etc.; entre otras porque son todas las que preparaban desayunos para llevar a los conucos y luego de haber realizado todas las faenas del hogar, salían entusiasmadas con su desayuno y el machete en el cuadril para recoger virutas luego de ayudar a sus esposos a hacer de la tierra un planeta multiplicador y luego regresar a las continuaciones de sus faenas domésticas.
Es preciso señalar que varias de nuestras mujeres trabajaban costura y dentro de este aspecto socioeconómico hay que hacer mención especial a Pelegrina Peguero, Lucía Calderón, ejercen actualmente este oficio Minerva Sánchez, Gloria Pinales, entre otras que realizaban este trabajo en máquinas con manigueta y de marca “Singer”, que era las más comunes.
En el aspecto socioeconómico en el siglo pasado, el paraje tuvo en su “siglo de oro”, pues aunque culturalmente no estaba tan desarrollado se realizaban diferentes oficios que desaparecieron a mediados del presente siglo, pues este pedazo de tierra estuvo habitada por extranjeros dedicados totalmente a la labranza de la tierra y al corte de madera, para trabajar en la fabricación de casas, muebles, sillas, según indagaciones; los naranjaleros trabajaban la carpintería como puros maestros del arte, hacían las cajas de enterrar a sus muertos y todos esos materiales los seleccionaban de los tantos que nutrían nuestra bella naturaleza.
Entre nuestros pobladores realizaron este honorable oficio: Tigen Abreu Mora, Pascual Reyes. Inocencio González (Chencho), Milo González, José Eugenio Mejía Díaz (Niní Colaza).
Otro oficio era el de fabricar zoletas de piel de animales y de gomas; este trabajo lo desarrolló en el pasado siglo el señor Emiliano Pérez Báez un eminente zapatero creador de las famosas chancletas bigoteras y punteras.
Toda la vida el vocablo que refiere el naranjalero como todo campesino dominicano para señalar el lugar que alberga junto a su familia es bohío, vocablo indígena que significa construcciones rústicas hechas de tablas de palma o de madera de cigua, de roble, de pino, o de otras y techadas de yaguas o de cana, a veces también los setos son de este material. Así este bohío se dividía en dos compartimentos: uno de ellos hace las veces de sala y allí se recibe la visita, y el otro de aposento, habitación destinada a descansar durante la noche.
Así como describe parte del bohío campesino dominicano, Rodríguez Demorizi, en su obra Lengua y Folklore de Santo Domingo, Asimismo fueron los bohíos de nuestras primeras aldeas, aunque en estos lugares también techaban con hierba de guinea, es sabido también que nuestras primeras aldeas tuvieron desde el pasado siglo casas, que en esa época eran las residencias de las personas más acomodadas, generalmente dueños de fincas, potreros, estas casas a modo de las que existían en los centros urbanos, ya eran techadas con zinc y algunas de cana, y eran bastante amplias con espaciosos patios y recuerdan nuestros antepasados que también las cocinas eran de dos aguas grandes, apisonadas las que se dividían en dos: uno para el fogón y otro como despensa para guardar ajuares.
También las viviendas que albergaron nuestros primeros pobladores tenían pisos de tablas, maderas que preparaban aquí en este lugar algunas personas encontrándose en la Oficialía Civil el valioso dato de que El Naranjal era el domicilio de Juanico Sanjuanero Luciano ( 1883) oficio acerrador nacional, según las entrevistas éste habitaba la última casa de Cañada Abajo próxima al arroyo.
En la comunidad aún existen casas que fueron propiedad de dueños de fincas como es la de José María Santana casi frente a la Iglesia de la Comunidad, estas viviendas construidas con maderas fuertes y en abundancia son bastante espaciosas y altas, de dos aguas, techadas de zinc y con pisos de cementos y grandes aceras, en la parte frontal superior varias puertas de dos hojas con aldabas de hierro y otras con retrancas atadas por un tornillo; estas casas en el paraje eran características de viviendas de hacendados agricultores, ganaderos; las viviendas que existían en este modelo en el pasado siglo fueron: en el Rodadero Isidro Rodríguez y la familia Velázquez,Tomacito Rodríguez, Los Abreu; en la Sata Cosme Rodríguez y Emilio Casado y, en Cañada Abajo Silvano Santana, Vicente Santana, además de Antonio Pimentel, Trajano Pinales, José Altagracia Santana, Andrés Rodríguez, Francisco Mejía Moreta, entre otros que no siguieron el modelo, pero construyeron sus viviendas con las preciosas maderas del paraje con amplitud indescriptible.
Siempre acompañó a las maderas de todas la viviendas naranjaleras el caliche y la cal fabricados y extraídos de la Loma Redonda, ¡cuántos se ha hoyado y quizás en las huellas de nuestros antepasados brilló el verde de esta montaña!,¡ madre de la naturaleza del paisaje, es posible que en el “horno” como solían llamarle al lugar donde quemaban la cal!, quedara impregna una lágrima, un suspiro de cansancio y una gota salada de su frente o el frío aire que sopla en la falda de ésta, haya expandido por todo el panorama un quejido de satisfacción, ¡Oh naturaleza naranjalera que rica eres, mundificadora de la brisa más rica de toda una primavera de ensueños, de musgos, de ruiseñores, de palomas y palmeras!.
Ya para mediado de este siglo el aspecto de las viviendas ha ido evolucionando, pues según el censo comunal Julio-Agosto 1997 realizado por estudiantes de la Universidad Federico Henríquez y Carvajal.
En la comunidad habían 254 casas y de este total hay 218 techadas de zinc y sólo 22 con techo de cana, que fue lo que caracterizó nuestros primeros bohíos, pues El Naranjal es productor de cana, aquí se dan cita centenares de canas, en cada pedazo de tierra se puede observar aunque sea un solo árbol de esto.
Actualmente la mayor parte de las viviendas del Paraje están construidas de madera, probablemente de tablas de palma y pino, del total de viviendas sólo existen 29 construidas en block y de éstas tienen techo de cemento dos, lo que consta que en esta comunidad se conserva el modelo de construcción de principio de siglo y del pasado también.
En el aspecto espacio nuestras viviendas poseen características variadas, pues el número de familias ha reducido con respecto al pasado siglo y mediado de este y podemos constatar que de las casas construidas son menos espaciosas que anteriormente diciendo que: existen 78 casas con 1 aposento, 109 casas con 2 aposentos, 53 casas de 3 ó más. A través de estas cifras se puede observar que también el nivel sociocultural nuestro no es muy avanzado.
Una razón convincente del porqué las casas de la comunidad están construidas con tablas de palma es que ésta como otras comunidades rurales del municipio carecen de buenas carreteras para el acceso de materiales de construcción, aunque actualmente la carretera principal está en condiciones mejoradas en los últimos 10 años, pero hay que hacer constar que la mayoría de estas casas de tablas de palma datan del año 1930 y 1935 y existen algunas viviendas de los primeros años de este siglo y hasta del pasado, pues algunas viviendas además de ser cómodas tenían aljibes para almacenar agua, de éstas actualmente quedan en los solares dos viejos aljibes uno en Cañada Abajo y el otro en el medio de la entrada de Ceita y cañada Abajo.
En el medio del concepto descriptivo de lo bello, de lo importante de esta región no puedo dejar de enfocar la cocina naranjalera grande, de horconadura excesiva, techadas de yaguas, hierbas de guineos o de canas con fogones siempre y una que otra hendija para que salga el permanente humo de su hoguera.
Esta forma de hacer del hombre dominicano, es lo que ha permitido que la historia se afiance tal como es, pues el hombre desde los tiempos más remotos ha hecho trabajos que los caracterizan tal como son, con la identidad que predomina en cada ser humano. Es esta la razón la cual a los pueblos se le conoce su Cultura y su Desarrollo.
Dentro de la población de finales de siglo existían otras diferentes de las comunes que son:
Agricultura, Ganadería; comercio, labrador, maderero, además de éstas la gente vivía de oficios como: costura, panadería, zapatería, carpintería, entre otros.
Si pudiera dibujar en el aire el son entusiasmado que tomaba Oliva Santana (fallecida) cuando le preguntaba sobre aquellos años de su juventud y de sus oficios recordaba que todos nuestros pobladores vivían de la agricultura, tradición de las zonas rurales dominicanas, pues a cada familia le correspondían grandes cantidades de terrenos, los cuales separaban con muros y empalizadas.
Nuestras hacendosas mujeres además de los quehaceres domésticos que eran varios, ejercían de costureras en su tiempo libre, que eran las encargadas de cocer las vestimentas de los pobladores y de hacer sabanas, hamacas y otros, a mano y a máquina, ropas que hacían con telas llamadas tela tora, buena tuta, el piqué, pero que la más común era la que construían su ropa interior, las sábanas, cortinas y aquello que en las frescas noches albergaba sus cuerpos (las hamacas), esta tela que no sólo servía para lo mencionado anteriormente sino que era la que disfrutaba del aroma del pan fabricado en nuestros hornos “La Tela de Macario”.
Ya los años han revolucionado y las formas de hacer y sentir del naranjalero es diferente en varios aspectos.
Es común que todavía la mayor población vive de la agricultura.
La economía local conoció otros componentes como la fabricación de aparejos, sogas que fueron oficios que le asignaron al paraje identidad cultural excelente; a finales del pasado siglo ya el comercio de la madera era muy pobre, pues los aserraderos habían desaparecido, lo que consta que la agricultura alcanzó mayor apogeo igual que la ganadería y otros, pues ya la gente se dedicaba a otros oficios.
Uno de éstos fue la construcción de aparejos, que se desarrolló desde principios de este siglo. Dos familias Mariano Castillo (fallecido) y Tomás Pérez con sus proles y esta es la razón por la cual es uno de los oficios de los que viven esas familias, siendo esta comunidad la más famosa en este género del quehacer naranjalero, estando en el primer lugar de Ocoa como perfeccionador de este objeto, pues es esta comunidad la que nutre a todas las demás comunidades del municipio, inclusive entran de otros pueblos a hacerse de un buen objeto de vestimenta para los animales
Otros oficios a los que se dedicaron las mujeres del paraje fue la fábrica de pan; la quema de pan fue práctica de los naranjaleros a mediados del siglo, existiendo en la comunidad tres hornos destinados a producir pan bueno y fresco para toda la familia.
Decía Pancho Mejía (Moreta) que el horno de Ramonita Castillo, fue el primero instalado en la comunidad, y que esta suntuosa mujer, veía cada aurora, y cada cantar de gallo, que era una de las mujeres más acariciada por los amaneceres naranjaleros, pues montaba en burro y salía a cada uno de los poblados a regar pan, caliente, fresco y oloroso como ese que tiene nuestro municipio en las más altas categorías de construcción de pan.
Sus hijos son muestra de valentía y del incansable deseo de trabajo que poseían nuestras mujeres.
Según indagaciones nuestra tierra paría mujeres que trabajaban como hombres con azadas, machetes y otros; que junto a Ramonita Castillo también habían otras como Pelegrina Peguero, Lucía Calderón, Augusta Castillo, Juliana Melo, Bilinde Santana; en la primera década de este siglo cabe distinguir a una señora de origen banilejo María Nicolasa, madre que fuera de José Eugenio Mejía, esposo de Dolores Arias (Niní), quienes eran dueños de la Cruz de Mamá Dolores. Mamá Dolores ejercía el oficio de hacedora de macutos, esterillas, jáquimas, cerones, escobas.
Cuenta Pascual Casado que cuando él era niño siempre se encontraba por el camino que iba o venía del pueblo a pie con quinielas y billetes a Virica Velásquez o a Fabiola Castillo en su burro con sus árganas de lado y lado lleno de flores para vender en la puerta del cementerio en días de los fieles difuntos.
En las décadas de los años 20 de este siglo se recuerda a Carlota Santana, que hacia pellón, bordaba paños, manteles, sábanas, etc.; entre otras porque son todas las que preparaban desayunos para llevar a los conucos y luego de haber realizado todas las faenas del hogar, salían entusiasmadas con su desayuno y el machete en el cuadril para recoger virutas luego de ayudar a sus esposos a hacer de la tierra un planeta multiplicador y luego regresar a las continuaciones de sus faenas domésticas.
Es preciso señalar que varias de nuestras mujeres trabajaban costura y dentro de este aspecto socioeconómico hay que hacer mención especial a Pelegrina Peguero, Lucía Calderón, ejercen actualmente este oficio Minerva Sánchez, Gloria Pinales, entre otras que realizaban este trabajo en máquinas con manigueta y de marca “Singer”, que era las más comunes.
En el aspecto socioeconómico en el siglo pasado, el paraje tuvo en su “siglo de oro”, pues aunque culturalmente no estaba tan desarrollado se realizaban diferentes oficios que desaparecieron a mediados del presente siglo, pues este pedazo de tierra estuvo habitada por extranjeros dedicados totalmente a la labranza de la tierra y al corte de madera, para trabajar en la fabricación de casas, muebles, sillas, según indagaciones; los naranjaleros trabajaban la carpintería como puros maestros del arte, hacían las cajas de enterrar a sus muertos y todos esos materiales los seleccionaban de los tantos que nutrían nuestra bella naturaleza.
Entre nuestros pobladores realizaron este honorable oficio: Tigen Abreu Mora, Pascual Reyes. Inocencio González (Chencho), Milo González, José Eugenio Mejía Díaz (Niní Colaza).
Otro oficio era el de fabricar zoletas de piel de animales y de gomas; este trabajo lo desarrolló en el pasado siglo el señor Emiliano Pérez Báez un eminente zapatero creador de las famosas chancletas bigoteras y punteras.


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